El gran hermano

   No sé si os hicisteis eco hace un tiempo de un “accidente” en el mar que dejó sin acceso a internet a todo el Medio Oriente. El “accidente” consistió en la rotura de dos cables submarinos que llevaban todos los datos necesarios a la zona, vamos, como si con unas tijerillas le cortamos a nuestro encantador vecino el cable del teléfono.
    Más de uno se pensó (un servidor, en su ignorancia) que la causa de la rotura podría haber sido un movimiento sísmico, un calamar gigante que tropezó, un tiburón en celo que confundió el cable con el rabo de una anguila, … Pero como eso de poner un cablecillo submarino de fibra óptica no es un trabajo que pueda hacer Pepe Gotera y Otilio con unas aletas y una escafandra y sale, más bien, algo carillo, una empresa echó mano de las fotos por satélite de la zona en el momento de la interrupción y descubrió (fíjate tú) a dos barcos, uno coreano y otro iraquí, que pararon por la zona para hacer un pipí: dijeron eso de “Ah, del barco”, tiraron el ancla y como no se entendían desde aquello de Babel se marcharon como si nada cada uno por su lado.

   Pues ahí les queda esa multilla de 25.000$ y 300.000$, como quien no quiere la cosa, para que se piensen mejor eso de tirar el ancla donde no se debe.

   Y es que ya no se puede hacer una gamberrada de las caras mirando simplemente hacia un lado y al otro para comprobar si alguien nos ve. Ahora también hay que mirar hacia arriba para escuchar con un miedo reverencial aquello que le soltó la jefa de la Asociación de Detección de Niños a Mike Watchowski, OjilloSaltón, en la película de Pixar, Monstruos S.A.:

   “¡Watchowski! Vigilo, siempre vigilo”