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Lecturas de literatura universal 2011-2012

Este año ha habido un par de cambios con respecto al año pasado: se va Salinger y su Guardián entre el centeno y en su lugar nos llega otra estadounidenses, Patricia Highsmith con El talento de Mr. Ripley, que por morir recientemente mantiene sus derechos de autor vigentes y no puedo enlazar aquí.

Estos son los siete autores con sus correspondientes obras:

1. G. Boccaccio, Decamerón (con especial atención a la jornada VII)

2. W. Shakespeare, Romeo y Julieta

3. J. W. Goethe, Werther

4. F. Dostoievski, El jugador

5. Baudelaire, Las flores del mal (con especial atención a la parte titulada “Cuadros parisienses”)

6. F. Kafka, La metamorfosis

7. Patricia Highsmith, El talento de Mr. Ripley

No desesperéis, que hay un año para leer.

Leer o no leer, that is the question

 

 


   Como profesor de lengua, siento una fuerte frustración al comprobar que se hace cada día más difícil enseñar la asignatura. Antes había menos que enseñar, puesto que la gente ya sabía bastante: los textos a los que se enfrentaban eran más complejos y las lecturas eran de más calidad. Antes sentía uno cierto pudor y se avergonzaba al no entender algo. Hoy casi nadie se avergüenza, porque nadie entiende nada.

   Hoy me veo incapacitado para sacar adelante buenos escribidores, que no ya escritores, pues he de suplir las carencias con las que el alumno llega a mis manos. Y me resulta imposible: tengo menos horas, menos interés por parte de los alumnos y menos apoyo fuera del colegio.

   Pero todo se solucionaría si la gente leyera. Me consta que los libros que mando no crean hábito de lectura, y no por los libros sino porque cualquier lectura obligatoria es contraproducente.

   Todos los grandes escritores han sido grandes lectores. A escribir hay que aprender. No voy a hablar de los beneficios y bonanzas de la lectura, pues son demasiados. Sólo me fijo en dos consecuencias de la ausencia de esos beneficios.

   Es tristísimo corroborar día a día que el lenguaje de la gente es cada vez más pobre. Es muy triste porque siendo pobre el lenguaje se hace pobre el pensamiento. ¿No duele tanto que da miedo oír esos “Yo me entiendo”, esa renuncia a poder expresar lo que uno piensa o siente?

   Y segundo, claro aviso a navegantes: el que no lea tiene difícil aprobar lengua en segundo de bachiller.

¿Me da kilo y medio de Cervantes, por favor?

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     Que el encanto de un libro lo disfruta cada vez menos gente no es noticia; que intentar convencer a un chaval de las bondades de La isla del tesoro es un hercúleo trabajo, menos aún. Y, sin embargo, el hecho de que unos grandes almacenes como Carrefour venda libros al peso produce, cuando menos, un pequeño escalofrío.
     Digo esto con el miedo de que alguien piense que soy un fanático de biblioteca, de ofender a quien piensa que los tiempos cambian y que comentar que uno lee está bien para decirlo, no para hacerlo. Y lo digo con el miedo que produce constatar que cada vez hay más gente que piensa así, como el ocurrente jefe de pasillo del Carrefour que, dándose cuenta de que vende pocos libros poniendo sus títulos con grandes rótulos, decide colocar un cartel semejante al del frutero o al de la pescadería: 10 €/Kg.
     La literatura parece estar abocada a convertirse en un bien de consumo más, con su fecha de caducidad, su atractivo envase y la facilidad con que es fácilmente reciclable o desechable. Aun peor parece que nos vendan los libros por metros, con un lomo elegante para hacer bonito en la estantería nueva del salón. ¿Dónde quedan aquellos objetos de culto que abrieron nuestros horizontes, que respetamos y amamos como compañeros de vivencias tristes, alegres, humanas?
     Ya sé que no corresponde al vendedor de un gran almacén el incentivar el interés por la lectura -un interés que debe estar impregnado de respeto-, que es a nosotros, los enseñantes, a quienes corresponde enfrentarnos en fiera y desigual batalla a videoconsolas, televisiones, messengers y toda esa vampírica caterva de súcubos que, a cambio de entretenernos, nos sorben el alma.
     Si el peso de Cervantes en la cultura de un español se va a medir en kilos que nada tienen que ver con el espíritu, con el pensamiento o con el mundo de las ideas, es posible que el autor que no quiso acordarse del manchego lugar hubiera preferido dedicarse a sembrar papas para que a los quijotes de la modernidad no les diesen escalofríos al verse medidos por lo magro de sus carnes.
     Mas, siendo optimistas, que se vendan libros al peso, que se regalen con las magdalenas, pero no porque no sepan qué hacer con ellos, sino porque la gente los devora.