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¿Me da kilo y medio de Cervantes, por favor?

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     Que el encanto de un libro lo disfruta cada vez menos gente no es noticia; que intentar convencer a un chaval de las bondades de La isla del tesoro es un hercúleo trabajo, menos aún. Y, sin embargo, el hecho de que unos grandes almacenes como Carrefour venda libros al peso produce, cuando menos, un pequeño escalofrío.
     Digo esto con el miedo de que alguien piense que soy un fanático de biblioteca, de ofender a quien piensa que los tiempos cambian y que comentar que uno lee está bien para decirlo, no para hacerlo. Y lo digo con el miedo que produce constatar que cada vez hay más gente que piensa así, como el ocurrente jefe de pasillo del Carrefour que, dándose cuenta de que vende pocos libros poniendo sus títulos con grandes rótulos, decide colocar un cartel semejante al del frutero o al de la pescadería: 10 €/Kg.
     La literatura parece estar abocada a convertirse en un bien de consumo más, con su fecha de caducidad, su atractivo envase y la facilidad con que es fácilmente reciclable o desechable. Aun peor parece que nos vendan los libros por metros, con un lomo elegante para hacer bonito en la estantería nueva del salón. ¿Dónde quedan aquellos objetos de culto que abrieron nuestros horizontes, que respetamos y amamos como compañeros de vivencias tristes, alegres, humanas?
     Ya sé que no corresponde al vendedor de un gran almacén el incentivar el interés por la lectura -un interés que debe estar impregnado de respeto-, que es a nosotros, los enseñantes, a quienes corresponde enfrentarnos en fiera y desigual batalla a videoconsolas, televisiones, messengers y toda esa vampírica caterva de súcubos que, a cambio de entretenernos, nos sorben el alma.
     Si el peso de Cervantes en la cultura de un español se va a medir en kilos que nada tienen que ver con el espíritu, con el pensamiento o con el mundo de las ideas, es posible que el autor que no quiso acordarse del manchego lugar hubiera preferido dedicarse a sembrar papas para que a los quijotes de la modernidad no les diesen escalofríos al verse medidos por lo magro de sus carnes.
     Mas, siendo optimistas, que se vendan libros al peso, que se regalen con las magdalenas, pero no porque no sepan qué hacer con ellos, sino porque la gente los devora.