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Poesía


Si bien ayer dejé traslucir algo de mi pesimismo existencial (del que también ando bien provisto), hoy, como compensación os dejo tres sonetos de esos que se guardan como un tesoro a medias en el corazón y a medias en la memoria:

El primero, de Manuel Machado, tiene ese melancólico esplendor del modernismo, no exento tampoco de un existencialismo vital que lleva al poeta al nihilismo:

      OCASO

Era un suspiro lánguido y sonoro 
la voz del mar aquella tarde… El día, 
no queriendo morir, con garras de oro 
de los acantilados se prendía.

Pero su seno el mar alzó potente, 
y el sol, al fin, como en soberbio lecho, 
hundió en las olas la dorada frente, 
en una brasa cárdena deshecho.

Para mi pobre cuerpo dolorido, 
para mi triste alma lacerada, 
para mi yerto corazón herido,

para mi amarga vida fatigada… 
¡el mar amado, el mar apetecido, 
el mar, el mar y no pensar en nada!…

El segundo, del renacentista Francisco de Aldana, expresa como ningún otro, la fusión amorosa:

«¿Cuál es la causa, mi Damón, que estando 
en la lucha de amor juntos trabados 
con lenguas, brazos, pies y encadenados  
cual vid que entre el jazmín se va enredando
 

»y que el vital aliento ambos tomando 
en nuestros labios, de chupar cansados, 
en medio a tanto bien somos forzados 
llorar y suspirar de cuando en cuando?»

«Amor, mi Filis bella, que allá dentro 
nuestras almas juntó, quiere en su fragua 
los cuerpos ajuntar también tan fuerte

»que no pudiendo, como esponja el agua, 
pasar del alma al dulce amado centro, 
llora el velo mortal su avara suerte».

Y el último de hoy, también habla de amor, pero amor a Dios. Este no tiene un claro autor conocido. ¡Ay, quién pudiera amar así!:

No me mueve, mi Dios, para quererte 
el cielo que me tienes prometido, 
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte 
clavado en una cruz y escarnecido, 
muéveme ver tu cuerpo tan herido, 
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, 
que aunque no hubiera cielo, yo te amara, 
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera, 
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.